martes, 4 de enero de 2011

Tres funerales y un año nuevo

La primera vez que salí a un escenario tenía 19 años. Dos segundos antes de mi línea, me di cuenta que tenía la mente en blanco y me quedé pasmado. La apuntadora me vio, me jaló de la manga y me empujó a escena. En cuanto me pegaron las luces en el rostro fue como entrar en otro universo. Yo ya no era yo y nada me importaba. Me comí el mundo en ese instante. Por supuesto las líneas salieron sin ningún contratiempo y la obra salió bastante bien.
Era un grupo de teatro universitario, de hecho para una clase de primer semestre de la carrera. La obra era Las cosas simples, escrita por el maestro Héctor Mendoza, y me cambió la vida para siempre.
Luego de eso seguí montando obras de teatro. Llegué a poner hasta 15 diferente montajes, actué para ejercicios de cine en el CCC, en el CUEC, en el Tec y en la Ibero. Llegué a ganar dinero actuando algunas veces. El mismo camino me llevó a estudiar dramaturgia con el maestro Hugo Argüelles.
Héctor Mendoza
Al final de cuentas, por alguna razón que todavía no dilucido del todo, me alejé de los montajes y me dediqué a escribir, principalmente periodismo. Siempre me quedó la sensación de que pude haber hecho más teatro; aún hay días que amanezco con unas ganas tremendas de volver a un escenario, pero no tengo tablas y, al final, nunca estudié actuación formalmente. Me avoqué a las letras y dejé la acción de lado.
Nunca volví a montar Las cosas simples y aunque jamás conocí en persona a Héctor Mendoza, su nombre quedó grabado como parte fundamental de esa vida que tuve.
El 2010 cerró con la noticia de la muerte del maestro Mendoza y con él sumaron este año tres muertes de personajes que de algún modo moldearon mi vida y la cambiaron a través del arte que desarrollaron.
Carlos Monsiváis
A Carlos Monsiváis lo conocí un día, estrechamos manos y luego lo escuché hablar de poesía unos 40 minutos. Luego me lo habré cruzado un par de veces más en reuniones sociales y lo volví a escuchar hablar de poesía. Su antología de poesía mexicana del siglo XX, uno de sus primeros trabajos (de hecho, alabada por Octavio Paz), fue una de mis lecturas de cabecera durante muchos años y me enseñó a leer poesía.
Una mañana abrí Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, y lo devoré en un par de días. Luego llegó a mis manos Historia del cerco de Lisboa e igualmente me duró poco tiempo. Ambos libros están dentro de mis novelas predilectas y que más me han dejado. En el trabajo tuve que ir un día a Casa Lamm para cubrir una conferencia de prensa impartida por el maestro Saramago y pude acercarme para hacerle un par de preguntas “banqueteras”. Como periodista, nunca me han gustado esas entrevistas en las que te acercas a un tipo en medio de una muchedumbre y cruzas unas palabras anteponiendo la grabadora. En realidad casi nunca aportan nada, sin embargo, no podía dejar pasar la oportunidad de hablar con el escritor, aunque sea de esa manera. Meses después me autoexilié en Madrid unos meses luego de haberme quedado desempleado y sin el menor ánimo de buscar trabajo. Tomé todo el dinero que tenía, llené una maleta de ropa y me fui a España. Ahí, gracias al noticiario de TVE, de la Uno, supe que José Saramago había ganado el Premio Nobel de Literatura y se me hinchó el pecho: a uno de ‘mis’ escritores le dieron el Nobel.
José Saramago
En 2010 murieron estos tres personajes, entre muchos otros, lo sé, pero ellos han moldearon mi cabeza de alguna o de otra forma y para siempre. En paz descansen y que el 2011 sea más feliz.

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